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domingo, 25 de febrero de 2007

Errores vitales

Aunque sobra decir que quien más quien menos se equivoca, nada se puede comparar con los errores vitales que, sin querer, he ido cometiendo a lo largo de mi vida.
Ya cuando nací, mi primer impulso fue abrazar a la enfermera, en lugar de a mi madre, que tendía los brazos ansiosa tras nueve meses de merecida espera. Pero no sólo antepuse las formas de una enfermera al amor incondicional de mi madre, sino que las primeras palabras que pronuncié fueron los nombres de unas vecinas que había que verlas subir las escaleras.
Aunque tuve dos hermanos pequeños, lo cierto es que acabé creciendo como hijo único. Lo que ocurrió fue que mi madre me dio unos juguetes para mandar al Tercer Mundo por Navidad, pero me equivoqué, y en lugar de mandar los juguetes mandé a mis hermanitos. Para desgracia para mis padres, nunca más se supo de ellos. Desde entonces trato de llenar ese vacío, pero es en vano, pues mis errores hacen insoportables las vidas de mis ordenados y desolados padres.
El colegio, por ejemplo, fue un infierno para todos. Siguiendo con mi costumbre de confundir las cosas, nunca acerté a llevarme mi mochila de niño. En lugar de ello cogía el maletín de mi padre, lo cual le costó al pobre varios empleos, pues a ningún jefe le gusta ver llegar a sus empleados con una mochilita verde con ruedas.
Además, apenas llegué a conocer a mis compañeros, pues cada día iba a una escuela distinta. No aprendí nada, ni siquiera el camino al cole. Ya con diecicéis años, y hartos de comprame uniformes y libros de texto nuevos, me pusieron a trabajar.
Pero nada cambió. Mis errores llenaron de amonestaciones, despidos y anécdotas mi currículum. Como el día en que me confundí a mí mismo con el jefe de una gran compañía. Mi primera acción fue venderla a unos japoneses minutos antes de que el verdadero gerente entrara en su despacho, donde me encontró trabajando y satisfecho con la operación.
Y qué decir de mi vida personal y amorosa: Siempre dejando de lado las mejores opciones, humillando a las mejores personas, ignorando a las novias más fieles y eligiendo una y otra vez esa lenta e implacable manera de vivir y morir que es la soledad.
Después de todo lo vivido, echo la vista atrás y veo el rastro de errores vitales que me han hecho como soy. Pero en lugar de rectificar me sigo equivocando y me digo a mí mismo eso de : Al fin y al cabo ¿quién no se equivoca?

Vicente Abril.

domingo, 18 de febrero de 2007

Maneras de mirar

Una correcta manera de mirar puede cambiar su vida y usted aún está a tiempo de adquirirla. Puede que usted no lo sepa, pero el número de maneras de mirar es directamente proporcional al número de personas que miran, siendo, por el contrario, inversamente proporcional al número de personas que cierran los ojos o se dan la vuelta. Algo similar pasa con el número de personas que son miradas, que se mantiene directamente proporcional al número de personas que las miran e inversamente proporcional al número de personas que se dan la vuelta o cierran los ojos.
Por tanto cada persona mira a su modo. Sin embargo, los infinitos modos de mirar de las infinitas personas que miran pueden reducirse, sin demasiada pérdida, a cuatro modos básicos e incorrectos de mirar.
Supongamos que tenemos delante el cristal de una ventana, por la que se ve, a lo lejos, un árbol solitario. Estas serían las cuatro miradas posibles:

1) A través del cristal tal y como está, digamos sucio y con gotas de lluvia.
2) Limpiando el cristal de las imperfecciones, manchas y gotas de lluvia.
3) Abriendo la ventana y, sin cristal de por medio, mirar directamente el árbol.
4) No bastándote con las tres anteriores, saliendo de la casa y acercándote al árbol hasta tenerlo delante, sin ninguna distancia de por medio.

Hasta aquí todo parece bastante claro. Uno se siente tentado a pensar que cuanto más alto es el número al que corresponde su manera de mirar, mejor se verá el árbol. Sin embargo esa sería una conclusión tan precipitada como equivocada, pues hay otra mejor manera de mirar las cosas, que usted puede aprender en pocos días.
Para mirar de esta manera, hágase el siguiente ejercicio todas las tardes. Sitúese frente a la ventana, mirando el árbol. Cierre las cortinas. Cierre un poco los ojos, buscando esa niebla tan reconfortante en la que solo se ven sombras y en la que las cosas pierden sus líneas. A continuación póngase de fondo su canción favorita, a ser posible una con estribillo agradable y final feliz. Para terminar rodéese de gente como usted, piense en que le gusta su trabajo y repita mil veces que lo importante es estar bien con uno mismo.
En pocas semanas usted estará mirando el árbol y verá un bosque lleno de diferentes verdes tonificantes. Una vez dominado el ejercicio, y para alcanzar ya la felicidad absoluta, practique mañana y tarde y sustituya el árbol por aquellos que usted llama sus amigos.
Vicente Abril

domingo, 11 de febrero de 2007

Nicolás, amigo invisible

Sin comprender todavía que hay barreras que se deben respetar, Nicolás, amigo invisible, se declara harto de tanta novedad, de tanta persona de carne y hueso, de tanto plan fuera de casa, y se propone boicotear toda nueva amistad incipiente. Yo le debo tanto que no puedo más que mirarle y verle actuar, viendo cómo y con qué elegancia arruina todas y cada una de mis posibles relaciones.
En verdad, no le falta razón, pues sólo él estuvo a mi lado en los malos momentos, en esas tardes de niño castigado, en esos aburridos fines de semana de adolescente sin suerte, en esos veranos de joven sin trabajo y sin chica. Del colegio a la universidad, pasando por el instituto, Nicolás, amigo invisible, ha sido una garantía de diálogo interior, un salvavidas contra el miedo, una salida de emergencia ante incendios cotidianos.
Pero el tiempo deja atrás esas cosas y ya nada es como antes. No comprende que lo peor ya ha pasado, que aquel paréntesis de indefensión ya ha sido más que cerrado y que ahora la inercia hace la vida mucho más fácil. Cerrando los ojos al futuro, a una felicidad basada en la rutina y en lo ya conseguido, Nicolás, amigo invisible, siembra de trampas el camino que lleva hasta mí, para impedir que nadie se acerque, para frustrar cualquier intento de unión con cualquier persona interesante.
En los momento más inoportunos, me susurra al oído los defectos de las personas con las que estoy, me hace reparar en sus torpezas, me recuerda anécdotas divertidas apenas cierro los ojos y me pongo serio para besar. No hay manera de quedarme a solas con alguien. Cualquier intento de intimidad se convierte en una carrera contra reloj, en un esfuerzo inútil por concentrarme.
Pero nada: apenas inicio mi repertorio de recursos hedonistas, Nicolás, amigo invisible, me recuerda la rutina oculta en cada movimiento, la aburrida estandarización de las zonas erógenas. Con un rápido gesto, se saca su libreta de estadísticas y comienza a citarme el porcentaje de posturas practicadas, de gritos acumulados, de litros de sudor que me han ido uniendo y separando de todas las mujeres que perdí en el camino.
Nada nuevo es posible para mí porque, a diferencia de otros que siguen teniendo esperanza en esa persona que está por llegar y con la que todo es posible, yo tengo al lado a Nicolás, mi amigo invisible, que me conoce y sabe perfectamente que todo a partir de ahora será mera repetición de lo mismo, un caer de la misma altura, el mismo acto de saltar sin paracaídas, la misma zambullida en el frío mar de lo repetido.
Yo le observo y le dejo actuar, pues, aunque a veces tenga que pagar el precio de la soledad, siempre es divertido ver a la gente marcharse, avergonzada por la ingenua convicción de que la felicidad estaba ahí, a su alcance.
“Nada más que hormigas que se equivocan de hormiguero”, escribe entonces Nicolás en su diario. Yo cierro los ojos y finjo no comprenderlo.
Vicente Abril.

jueves, 8 de febrero de 2007

Punto ciego

Por si no lo conocéis, es más que interesante. Se trata de un efecto óptico que demuestra, una vez más, que no vemos el mundo tal y como es, sino a través de nuestro imperfecto sistema perceptivo y cognitivo. Si cerráis el ojo izquierdo y miráis el punto de la izquierda con el ojo derecho y os vais acercando lentamente, resulta que a unos 25 centímetros más o menos (un poco más de un palmo), el punto grande de la derecha desaparece. Está ahí, delante de nosotros y no lo vemos.

Este experimento sirve, si se lo entiende como metáfora, para que os preguntéis esta noche, antes de acostaros, qué es lo que se nos escapa, qué es aquello que está delante de nuestras narices pero que somos incapaces de ver.
En el caso del dibujo la explicación es la falta de receptores ópticos en el punto exacto donde se juntan la retina y el nervio óptico. Pero en la vida cotidiana hay muchas cosas de nosotros mismos que no somos capaces de ver, porque nos dan miedo y nos ponen en evidencia. Y no es la falta de receptores ópticos esta vez, sino el exceso de moral, lo que nos impide reconocer nuestros verdaderos deseos.
Pondré algunos ejemplos: Luis no se da cuenta de que le tiene envidia a Pedro, y por eso cree que le cae mal y se mete con él. Ángela no se da cuenta de que le gusta Tomás, que está enamorada de él, y por eso le trata con dureza y le ataca más de la cuenta. A Nieves lo que le ocurre es que cree estar enamorada de Felipe, cuando en realidad está con él porque le da seguridad, porque no sabe estar sola. Silvia, en cambio, cree estar enamorada de Juan, cuando lo cierto es que tan sólo trata de olvidar a Pedro y de darle celos. Antonio y Celia creen que quieren tener hijos, pero la verdad es que no quieren reconocer que solos se aburren y tratan de evitarlo y de huir hacia delante.
Y así podríamos seguir, con todos y cada uno de nosotros. Pero qué fácil es ver a los otros autoengañarse y qué difícil es verlo en uno mismo, ¿no?

La pregunta a responder es clara, pues: ¿Cuál es nuestro punto ciego?

viernes, 2 de febrero de 2007

Pingüinos, filósofos y el cambio climático


Si juntamos dos veranos calurosos, una granizada a destiempo y un mes de diciembre sin pistas de esquí, tenemos todos los ingredientes necesarios para encender el debate sobre el presunto cambio climático. Veamos las partes en conflicto.
De un lado tenemos a los científicos, que tantas cosas saben de tan poco, y a la gente en general, que tan poco sabe de tantas cosas. Forman un tándem contundente, casi invencible, para predecir futuros inminentes y catastróficos.
Y de otro lado tenemos a los pingüinos, esos sabios milenarios que andan con la elegancia del que sabe que todo seguirá igual que siempre. Cuentan con la ayuda de los filósofos -esos corresponsales de la sospecha-, quienes, por haber leído a los clásicos, saben que siempre se han dicho y se dirán las mismas cosas.
El proceso comienza de la siguiente manera: el científico coge su calculadora, hace todas las sumas y multiplicaciones que puede, resuelve una o varias ecuaciones y saca una conclusión antes de irse a cenar. Pero no se da cuenta al hacerlo de que su calculadora tiene ocho dígitos y la naturaleza 8 millones. Sin embargo, el científico comprende que algo tiene que decir, y que mejor si es algo que pueda salir en la tele. Así que cruza los dedos, cierra los ojos y predice el cambio climático.
Para reforzar la credibilidad de este tándem científico-persona de la calle está la tele, esa fiable y objetiva portadora de la ciencia, tan poco dada a los alarmismos y a las mediciones de audiencia. Su gran víctima, la gente en general, que tan poco ayuda en aclarar las cosas pero que tan efectivamente difunde rumores, defiende con entusiasmo las predicciones de científicos a los que ni siquiera conoce.
En el otro lado de la ciencia, en el Polo Sur, los pingüinos se mueven por intuición y entienden que la ciencia es un ciclo de alardes y fracasos, como el clima en la tierra lo es de fríos y calores. Estos animales dignos e imperturbables saben todo esto y mucho más, y nos miran a los humanos con una mezcla de preocupación y de pena. Los pingüinos, que ya se veían heredando la tierra cuando se anunció en los años 70 -con la misma certeza con la que ahora se anuncia lo contrario- la inminencia de una nueva glaciación, saben de esto más que nadie y no se piensan cambiar de ropa, pues comprenden que este calor no es más que una pequeña estación en el gran año de la naturaleza.
El pingüino, al que tranquiliza ver al filósofo de su lado, no entra al trapo de estos alarmismos, y se adentra en su océano helado, nada feliz y despreocupado hasta que decide salir a tomar el sol en su iceberg favorito, al que no ve derretirse.

Vicente Abril.

domingo, 28 de enero de 2007

Sobre novias, índigos, bloggers y escritores

Después de tanta vuelta y tanta búsqueda, resulta que la vida era eso, escribir y que te escriban. Nada mejor que llegar a un sitio y notar que alguien te ha leído, que alguien se ha parado a pensar y te ha dedicado unas líneas de su tiempo.
Escribir para alguien es esa forma sublime de amistad que consiste en regalar lo mejor de uno mismo, en buscar las palabras justas para acabar dando con la combinación secreta que abre la puerta del interior de la persona escrita.
Hay gente que vive, que hace cosas, que se deja llevar, que va tirando con sus pequeñas ilusiones cotidianas. Y luego hay gente que lee y que escribe, gente que tiene la gran ilusión de dejar huella, de ir haciendo camino y dejar pistas para ser encontrado. Porque escribir es eso, es dejar que te encuentren, que te conozcan. Es decir a los demás dónde y cómo estás.
Según una fórmula matemática recién inventada, con cada línea escrita por un escritor se contestan cuatro preguntas, las cuatro que el lector formula. Cuando se va más allá y se escribe un párrafo, o una página entera, el escritor pierde ya sus secretos y empieza a contestar a todo lo que un curioso lector quiera y sepa preguntar.
Las palabras son el tejido invisible de esa gran red que nos une y atrapa a los humanos, que nos hace dependientes, que nos obliga a desearnos unos a otros y de la que es tan difícil escapar. Hay veces que la vida es comprensiva con los deseos de uno y te consiente más de lo merecido. Entonces te deja caer en una red llena de novias, índigos, pequeños Jenkins, chinos de corazón, futuros filósofos y escritores, amigos de siempre y amigos recientes, una red de la que nadie quiere escapar. Es entonces cuando te paras, buscas las palabras justas y escribes que nada mejor que escribir y que te escriban.
Gracias bloggers.

martes, 23 de enero de 2007

El disparate de tener novia

Dejémonos de hipocresías: tener novia es un disparate. Pero ya no sólo por la herida abierta en tu orgullo al tener que reconocer que estás enamorado, sino por la situación en sí misma. Tener novia es un sinvivir constante, una continua preocupación, un cálculo equivocado sobre lo que ganas y lo que pierdes. Y donde la máxima recompensa es sexo rutinario con una persona que ya te quiere. Ya hay que ser retorcido para ver el atractivo en eso.
Tener novia es una de esas cosas que siempre crees que sólo les ocurre a los demás hasta que cualquier día te sorprende la mala suerte y terminas paseando de la mano con una desconocida. Por muy buena persona que seas, y por muy bien que hagas las cosas, en cualquier momento, lo merezcas o no, una novia entra en tu vida.
Al tener novia se activa automáticamente el mecanismo de la mentira y el fingimiento: de repente los besos ya no son un medio sino un fin, nos empezamos a fijar en los ojos y hablamos constantemente de comunicación y comprensión. En pocos meses perdemos toda la dignidad y empezamos a decir que estamos cómodos en posturas imposibles, que no hace falta que se levante, que nos gusta dormir abrazados y cosas por el estilo. Y todo con tal de que la novia se sienta correspondida.
Una novia de verdad te besa y te abraza constantemente, sin motivo, en cualquier lugar, a cualquier hora, aunque tú no hagas nada para merecerlo. Y no puedes evitarlo. Porque tener novia es eso, es no poder hacer nada por evitarlo. Porque una novia siempre está cerca, merodeando, alejando otras posibles novias, dispuesta a llorar, a morderte, a dejarse querer, a estar ahí.
Las novias, esas alimañas del afecto, esos vampiros sin solución, esos demonios nocturnos, inmunes al exorcismo de la razón, son la bestia negra de cualquier espíritu libre, de cualquier filósofo independiente, de cualquiera que quiera llegar a casa un viernes por la noche, sentirse solo, encender el ordenador y ser feliz a su manera, escribiendo, por ejemplo, sobre el disparate de tener novia.

Vicente Abril

domingo, 21 de enero de 2007

Todos somos chinos


El profesor Milton, viajero incansable y estudioso de la raza humana, ha llegado a la sorprendente conclusión de que todos somos chinos. Chinos mandarines, cantoneses, amantes del kung-fu o freakis disfrazados de Elvis, la sorprendente verdad es que dentro de cada uno de nosotros hay un chino que nos recuerda que todos somos iguales.
Por mucho que nos empeñemos en tener pasaporte y en ser canadienses, argentinos, rusos o españoles, si nos miramos por dentro de la camiseta y por debajo del color de la piel, no veremos más que un chino, un pequeño chino oculto, dialogante, expresivo, abierto y humano.
Apoyado por siglos de investigación, y cansado de las guerras y las alambradas, el profesor Milton -mi alter ego- describe al chino que llevamos dentro como un chino con rasgos africanos y acento europeo. Si se le conoce bien, se trata de un ser modesto, alegre, dispuesto a compartir, amante de las costumbres locales y de los distintos dialectos del idioma humano. Nada mejor para nuestro chino interior que saltarse las fronteras, que hablar con gestos, que entenderse con cualquiera.
A los chinos que somos en el fondo nos gusta jugar al juego de ser universales, de borrar naciones y de dibujar personas. Nos gusta tener los amigos repartidos y los elegimos por las ideas que tienen, no por las palabras que usan para decirlas. Se sabe que todos somos chinos porque todos sufrimos por lo mismo, porque a todos nos gusta lo mismo, porque nos duele que nos señalen como diferentes y porque las puertas cerradas son un mal rollo a evitar entre todos. Y ya hay demasiadas puertas cerradas con nombres de naciones, lenguas, nacionalidades o clases sociales.
Suerte que el chino que somos en el fondo siempre tiende la mano a cualquiera y su última palabra es un saludo.

Vicente Abril

jueves, 18 de enero de 2007

Incubus y Morris Waiter le dicen a Milton que...



(Canta mi amiga Isabel Pummer)



Could be!
Who knows?
There's something due any day;
I will know right away,
Soon as it shows.
It may come cannonballing down through the sky,
Gleam in its eye,
Bright as a rose!


Who knows?
It's only just out of reach,
Down the block, on a beach,
Under a tree.
I got a feeling there's a miracle due,
Gonna come true,
Coming to me!


Could it be? Yes, it could.
Something's coming, something good,
If I can wait!
Something's coming, I don't know what it is,
But it is
Gonna be great!


With a click, with a shock,
Phone'll jingle, door'll knock,
Open the latch!
Something's coming, don't know when, but it's soon;
Catch the moon,
One-handed catch!


Around the corner,
Or whistling down the river,
Come on, deliver
To me!
Will it be? Yes, it will.
Maybe just by holding still,
It'll be there!


Come on, something, come on in, don't be shy,
Meet a guy,
Pull up a chair!
The air is humming,
And something great is coming!

Who knows?
It's only just out of reach,
Down the block, on a beach,
Maybe tonight...

(Who knows de la película West Side Story)




sábado, 13 de enero de 2007

Diálogo para perderse todavía más.





Zacarías: ¿Qué piensas?

Milton: Nada serio. Ando buscando una palabra.

Zacarías: ¿Qué palabra?

Milton: Pues no la sé. La estoy buscando porque no sé qué palabra es.

Zacarías: Pero ¿Cómo puedes buscar una palabra si no sabes cuál es?

Milton: Porque sé a qué se refiere. Es como una sensación que tengo a veces. Y ninguna palabra me gusta para referirme a ella. Es como…

Zacarías: Bueno, a ver si te puedo ayudar. ¿Qué sensación es esa?

Milton: Mira, es como cuando todo te va bien, y todos te quieren y lo que haces te gusta, y sin embargo sientes que estás…. ¿Ves? Ahí estaría la palabra que busco.

Zacarías: Bueno, puede ser soledad.

Milton: No, no, que va. He probado con soledad, miedo, incomprensión, frustración… pero nada.

Zacarías: Se tratará de algo más profundo. ¿Has probado con angustia, sentido de la vida, autorealización?

Milton: Claro, ya me conoces. Pero nada. Es algo más sutil. Es algo que a veces está en la mirada de alguien y a veces no. A veces no lo encuentras en ninguna persona, y de repente, estás escuchando una canción, o viendo una película y… ¡zas!… ahí está.

Zacarías: No estarás hablando de amor, ¿no?


Milton: No, no. Es más bien algo real, algo que sí que existe, aunque dure muy poco, no sé, unos días, diez segundos, dos miradas.

Zacarías: ¿Quieres decir que el amor no es real?

Milton: Bueno, mejor no entremos en eso o nos faltarán más palabras.

Zacarías: Ya.

Milton: No sé, mira, estoy rondando esa palabra mucho tiempo. La busco en libros, en los dibujos de las nubes, por encima de las mesas, entre los papeles. A veces me miro en los bolsillos, pero nada. Creo que voy a dejarlo.

Zacarías: No, no, para nada. No puedes dejarlo ahora. Ya casi la tienes.

Milton: Sí, lo sé. Pero quizá es eso. La sensación me refiero. Es como casi tener algo y quedarse apenas en el primer roce. Es como encontrar algo y perderlo al mismo tiempo. Como cuando te cruzas con alguien en la vida y a la vez que le ves llegar, le ves alejarse.

Zacarías: Sí, sé lo que dices.

Milton: ¿Y tienes la palabra?

Zacarías: No, lo siento. Nada mejor que darle a un amigo una palabra. Pero no.

Milton: Ya.

Vicente Abril.

jueves, 4 de enero de 2007

Los gemelos Jenkins


Es sabido que con cada par de gemelos la naturaleza reedita un capítulo más de maldad sin límites. Las inevitables ganas de ser únicos de los que nacen gemelos les hace convertirse en corredores de una carrera demencial que siempre termina en golpes, envenenamientos, robos y trastornos mentales.
Conocer a gemelos equivale a cien años de mala suerte, a desdicha inacabable, lo peor que le puede pasar a uno. Un gemelo típico se obstina en la maldad como cualquier niño se obstina en crecer. Cada gemelo es algo así como medio demonio alzado sobre sus patas de atrás, envuelto en babas y armado con los cuchillos más sucios de la envidia y la codicia.
Sin embargo, en el caso de los Jenkins, esta maldad innata que decimos de todo gemelo, se da combinada con un talento infinito para la seducción, lo cual hace de ellos unos seres irrepetibles y entrañables. Su historia merece contarse desde el principio.
Como cualquier alimaña que se escapa de su jaula, el nacimiento de los gemelos Jenkins estuvo marcado por el principio de la locura de sus padres. Estos han descrito la infancia de los gemelos como una caída al vacío, como un río helado que se desborda, como cien volcanes a la vez, como una persecución al límite de velocidad, como una noche con dolor de estómago que no termina nunca.
A pesar de ello, los gemelos Jenkins disfrutan de gran popularidad, no faltándoles cartas de afecto y amor de cualquiera que les conoce. Veamos por qué.
De costumbres nocturnas, los Jenkins abandonan su cuarto-madriguera al atardecer, momento en que las víctimas están más desprevenidas. Los gemelos Jenkins son tan sutiles en sus movimientos que pueden dejar embarazadas a varias mujeres en la misma noche, creyendo además éstas pobres que no han pasado de los besos en su contacto con el Jenkins.
Con amplios conocimientos en literatura y filosofía, los gemelos Jenkins manejan las palabras con la misma precisión con la que dan los besos. Saben tejer redes irrompibles entre ellos y sus presas, redes de ideas y de olores, de recuerdos y de ilusiones, en las cuales cree la víctima haber curado de su protervia al maldito Jenkins. Pero nadie mejor que un gemelo Jenkins para sacar partido de esta ambición tan femenina de curar al hombre, de domesticarlo para siempre.
Porque un gemelo Jenkins sabe que la maldad y la lucidez son la envidia de todos los demás, de todos esos pobres mediocres que se conforman con gustar, con ser buenos, y que no tienen la suerte de ser un Jenkins. Siempre se les odiará, se hablará mal de ellos, pero en el fondo siempre se pensará en ellos, se aspirará a ellos. Porque sí, porque son malos, y porque esa es nuestra verdadera vocación. Y es que a los gemelos Jenkins se les quiere no por lo que hacen, sino por lo que son.


Vicente Abril

martes, 2 de enero de 2007

Última carta a los Reyes Magos:

A pesar de la indiferencia mostrada ante las anteriores ediciones de mi tradicional Carta a los Reyes Magos, me decido a daros una última oportunidad. Deposito en vosotros toda mi esperanza de felicidad completa para el año que viene. Si sigo sin recibir nada de lo solicitado, el año que viene asumiré que no existís, lo diré al resto de niños y reanudaré el contacto con mis padres, a pesar de ellos.
Como lo material ya no llena, y los juguetes se terminan por olvidar, este año me he decidido a pedir personas. Tengo un par de nombres en la cabeza, no sé, tres quizá, cuatro. No encuentro tampoco mucho más interesante en los escaparates humanos. Si prefiero la gente a los juguetes, es porque las personas se resisten un poco más a ser olvidadas, y los puedes ver –pobrecitos- haciéndose los interesantes, comprándose ropa, probándose nuevos perfumes, tratando de hacer ver lo que saben, llamándote para nada. Y todo para durar un poco más en tu imaginación, en tu vida, que es como una gran mesa de juegos, de la que se van cayendo poco a poco las personas.
Los juguetes -esos demonios disfrazados de plástico- duran apenas una temporada, un cumpleaños, dos partidas, una versión. En cambio las personas -esos juguetes disfrazados de dignidad- resisten lo que dura un curso, un hobbie compartido, un enamoramiento.
No mucho más, pero sí algo más, espero de las personas, de la gente. Tengo algunos nombres en la cabeza. Espero que me lleguen cuanto antes. Y espero también saber a qué jugar.

Vicente Abril

martes, 26 de diciembre de 2006

Otra frase para pensar un poco

"Para quien sabe leer, todo está escrito"
Sigmund Freud

Pregunta: ¿Están los sentimientos amorosos incluidos en esto?
Respuesta: Vaya si lo están.

martes, 12 de diciembre de 2006

If you are there, please let me know.

Yes, because, otherwise, I’ll never know what I’m missing. Ok, it’s true that I don’t believe neither in love nor in things forever. However, in some part of me, I keep the hope that you are there, above all the things that make life so boring, just on the side against the routine, just on my side.
I don’t know whether you are listening or not. I expect you are in my city, in my neighbourhood, in Europe (let’s say Hamburg or London). I don’t mind where you are. I don’t mind if you have a boyfriend or if you are too busy to kiss me, as far as you tell me soon that you exist. For I need to know what I’m missing in not having you. Is it some intelectual complicity? Or something about electricity in being together? Or may be that amazing mix between sex and laughing I can picture when I think of you?
Anyway, if you do it, if you tell me who you are, please tell me too what I’m missing, because I don’t remember any more what I’m looking for when I talk about love.

Vicente Abril

domingo, 10 de diciembre de 2006

Frase para pensar

“Wir haben die Kunst, damit wir nicht an der Wahrheit zu Grunde gehen".
(Tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad)
Friedrich Nietzsche

lunes, 27 de noviembre de 2006

Filosofía 2.0 (Una definición para la generación Google)

La filosofía consiste en pensar por uno mismo, en no creérselo todo sin más.
Se trata de ese divertido mecanismo que consiste en dar una oportunidad a lo absurdo, en hacer preguntas incómodas, en buscar las razones que no tenemos para explicar lo que hacemos.
La filosofía comienza desafiando a la rutina, nadando contra corriente el río del mundo y aceptando que la única alternativa es buscar alternativas.
Se trata de una actitud constante de rebelión contra todo lo establecido, aunque sin caer en el error de creer que se anda en lo cierto, de un amor casi patológico por salirse de las convenciones. Nada es tan cierto para la filosofía como que no hay nada cierto.
La filosofía es un juego que se va inventando a medida que se juega, y donde la única regla válida es que las demás reglas duran apenas dos o tres jugadas, hasta que el próximo jugador-filósofo tenga la bienvenida ocurrencia de innovar.
Hacer filosofía es hacer equilibrio entre los distintos bandos de no-filósofos que creen en sus verdades parciales. Hay que aprender a odiar la mediocridad, todos los tipos de estupidez, casi todo lo que la gente hace o dice.
El que juega la vida en el equipo de la filosofía se salta los días pares de lo cotidiano y cae directamente en las casillas-premio de los días en los que todo son desafíos y nuevos modos de pensar.
El que hace filosofía lo pierde todo menos la propia filosofía, y con eso tiene bastante.

jueves, 23 de noviembre de 2006

Instrucciones para suspender

Admitida por todos la superioridad del alumno vago y repetidor, atengámonos a la manera correcta de suspender.
Es importante extremar la cautela, pues en cualquier momento nos puede sorprender el aprobado. Nada debe fallar si queremos estar entre los peores. Hay que recordar que un rato de estudio después del colegio nos puede costar semanas de desprecio por parte de nuestros compañeros.
Siempre va bien comenzar el día con cara de dormido, lo cual da una imagen de nocturnidad claramente incompatible con el rendimiento escolar. Para evitar sospechas, conviene acudir a clase sin los ejercicios hechos y sin los libros leídos. Estaría especialmente bien dejarse en casa la libreta, la calculadora o incluso la mochila. Lo que nunca hay que olvidar es el móvil y el discman, así como una colección de entre 10 y 15 cd’s.
Al profesor hay que recibirlo con cara de asco o de aburrimiento, según sea la asignatura optativa u obligatoria. También es un buen comienzo entrar en clase tarde y arrastrando los pies para provocar un cansancio generalizado. Justo al inicio de la clase hay que pedir permiso para ir al servicio. Si algún compañero tuyo se adelanta en pedirlo conviene estar entre los cuatro que lo acompañan. En cualquier caso siempre nos quedará la enfermería, a la que se va por parejas, en caso de un dolor de cabeza, o de tres en tres en caso de mareo.
Si, por despiste, somos de los que quedamos en clase, hay que estar muy pendientes al siguiente paso. Este puede ser difícil al principio pero no hay que desesperar. Hay que actuar coordinadamente. Con un rápido gesto de la mano izquierda sacamos el móvil y lo ponemos encima de la mesa. Mientras, con la otra mano, sacamos el discman y nos ponemos uno de los auriculares, introduciendo el otro en la oreja de algún compañero, preferiblemente de otra mesa, con lo que le obligamos a estar de pie en medio de la clase.
Nunca está de más tener a mano algo que lanzar a la última fila. Los compañeros del fondo suelen estar muy dispuestos a la colaboración.
Una vez empezada la clase hay que procurar no escuchar al profesor. Sería fatal prestar un poco de atención. En estos casos es una buena ayuda hacer ruido con las sillas; siempre podemos distraer a algún compañero despistado que esté atendiendo.
Cuando al final nos echan de clase, no hay que descuidar la manera de salir. Al levantarse se acusará siempre a algún otro compañero, lo que hace perder un poco más de tiempo. Cuando por fin abandonamos el aula, hay que hacerlo con cierta risita de superioridad que anticipe nuestra satisfacción por ser el objeto de envidia de los otros alumnos que, cobardemente, se quedan en clase.
Si seguimos todas estas instrucciones el fracaso está casi asegurado. Es posible que, debido a los malos hábitos adquiridos en años anteriores, aprobemos alguna asignatura en la primera evaluación. En estos casos no conviene preocuparse en exceso; el curso es largo y ya tendremos ocasión de ir empeorando.
No obstante, a pesar de su comprobada eficacia, se han descrito algunos casos de alumnos resistentes a este método. Siempre es posible alguien inteligente que vaya aprobando con lo poco que escuche en clase. Para estas mentes despiertas siempre es una ayuda el abuso del tabaco y el consumo continuado de pastillas de diseño: están pensadas para ello.
Si de verdad estás convencido de que aprender es perjudicial y lo que buscas es esa felicidad de mente en blanco y fin de semana, no dejes que la escuela te quite tus ilusiones.
Y, sobre todo, no dejes que nadie te diga lo contrario: cualquiera puede estar entre los fracasados.
Vicente Abril

viernes, 17 de noviembre de 2006

La fuerza de voluntad, clave en el Triathlon


Quizá no sepáis esto de mí, pero resulta que soy campeón local de Triathlon. A pesar de lo que pudiera parecer, poseo una increible fuerza de voluntad que me hace invencible en esta dura disciplina deportiva. En cuanto empiezo a correr, a nadar o a pedalear, comienza una lucha contra el dolor en la que éste último no tiene ninguna oportunidad de vencer. Puedo permanecer sin respirar durante horas, soportar quemaduras de tercer grado en ambas piernas o perder la vista de un ojo, pero nunca abandonaré la carrera antes de cruzar la línea de meta.
Mi última carrera fue toda una exhibición por mi parte. Le saqué diez minutos al siguiente clasificado, una vecina de 62 años (pura fibra) que me puso las cosas difíciles en los primeros kilómetros a nado. Los dos albinos estudiantes de informática no lanzaron la toalla en ningún momento y ganaron terreno en la carrera campo a través. Los demás competidores, una niña diabética y un nacionalista sin medicación, estuvieron a gran altura pero nada pudieron hacer contra mi fuerza de voluntad.
Al final de la carrera todos tuvieron que reconocer mi superioridad, salvo uno de los albinos estudiantes de informática, que hizo una extrañas declaraciones en código binario y el nacionalista que se manifestó horrorizado por la falta de homogeneidad de los participantes.

Vicente Abril

viernes, 10 de noviembre de 2006

Sobre la manera correcta de atacar los tigres


Bien, antes que nada aclarar que los tigres sólo atacan a humanos cuando se sienten ofendidos. Otra cosa ocurre con los búfalos, esos cobardes malolientes. En este caso los tigres atacan porque sí, sin más.

Pero con los humanos, como digo, la situación es otra. Si un tigre y un humano se encuentran cara a cara, lo más probable es que el tigre se dé la vuelta y vaya a buscar la soledad de la selva, evitando problemas. Ahora bien, si el humano empieza con indirectas ofensivas del tipo "Pues parece que alguien está en peligro de extinción por aquí...", es posible que el tigre comienze a irritarse.

Aún así, un tigre estandard, tratará de no caer en la sucia provocación del humano medio y correrá para internarse en la selva.

Sólo si el humano persigue al tigre cantando canciones humillantes para los antepasados del tigre se producirá la esperada reacción, más conocida como ataque de tigre, y aquí nos atendremos a la manera correcta en que tal ataque ha de producirse.

El tigre flexionará las patas traseras procurando ganar el impulso necesario para caer directamente en la yugular del humano, que le esperará preferiblemente con gorro de explorador y cara de espanto. Tras el ataque prediseñado por miles de años de evolución, el tigre dará una muerte instantanea, limpia y más que justificada al hombre, quien quedará como un heroe y reducirá a nuestro tigre a la categoría de alimaña, el pobrecito.


Vicente Abril

jueves, 9 de noviembre de 2006

El libro que yo tengo






Dejando a un lado la razón por la que lo escribí, resulta que tengo un libro resistente al agua y al paso del tiempo. Pero vayamos por partes.
Si bien lo de ser impermeable no pasa de ser algo anecdótico, algo sólo para familiares y curiosos, habrán de reconocer que lo segundo sí es, cuanto menos, asombroso. No en vano es objeto de discusión y admiración entre catedráticos y escritores de todos los lugares. Cosido con el firme hilo de las tesis definitivas y encuadernado con la cola de lo irrefutable, no hay argumento que lo convierta en caduco.
No obstante, no se puede decir de él que sea un libro para todo el mundo. Los lectores de lo impreciso y de lo improbable, que nunca se dejan seducir por el rigor de las palabras exactas, no se sentirán a gusto entre tanta certeza. Es de esperar que a ellos el libro se les atasque ya en la introducción, donde se declaran de una vez por todas cuales son las verdades posibles.
Además de toda clase de respuestas acerca de toda clase de temas, debo reconocer que el libro me da una inmensa seguridad. Recurro a él ante cualquier disputa entre ciencia o religión, cualquier conflicto de tipo ético, e incluso ante dudas que otros libros despiertan, en su torpe afán de informar. Todo lo cual, claro, hace que mi reputación como conversador aumente. De hecho, desde que soy lector de mi propio libro, todos dan por supuesta la superioridad de mis argumentos, quedando como algo evidente, entonces, la absoluta futilidad de sus propios puntos de vista. Es más, la expresión punto de vista ha dejado de tener sentido, siendo definida en mi libro como un completo fraude del pasado. En esto está a la altura del concepto opinión que, tras años de inmerecida popularidad, ha acabado por engrosar la lista de prejuicios en el tercer apartado del libro, titulado Prejuicios de la tolerancia.
Para librarme de ese malestar que consiste en dudar, abro mi libro apenas conozco a alguien. Y es que, además de referencia inevitable en cuestiones académicas, mi libro contiene también una lista completa con los nombres de las personas que resultarán importantes en mi vida, ordenadas además por la clase de afecto que despertarán en mí. Así es como me libro yo de la inseguridad de ciertos futuros; no tengo más que buscar un nombre en mi libro para saber qué puedo esperar de dicha persona. De hecho, la historia del libro tiene cierta relación con esa clase de dolor que surge de querer a alguien.
En un principio no había libro. Contar tan sólo con intuiciones y sentimientos no era garantía de nada. Andaba siempre confundiendo las palabras, equivocando propósitos y perdido en el asfixiante recinto de lo probable. Y porque el método de la margarita siempre daba errores, decidí cambiar los pétalos por páginas, hacer mi propio destino y dejarlo escrito, para no caer en la tentación de cambiarlo.
Del día que la conocí no se puede decir que fuera un mal día. Como tampoco se puede decir de mí que sea un buscador de nada. Apareció sin que yo la esperara. Llegó, sin más, como quien meramente llega a algún sitio, como quien baja del tren por error. De ese modo, como dándose cuenta de que no había elegido la parada correcta, se sentó a mi lado.
Hubo un rápido intercambio de gustos, de lugares y libros favoritos, de ideas generales y pronto nos instalamos en una incómoda incertidumbre acerca de qué hacer con nosotros. Creo que ambos dudábamos entre invitarnos mutuamente a vivir juntos o despedirnos sin hablar de volver a vernos, sin más. Finalmente decidimos lo que siempre se decide en estos casos, es decir, nada. Simplemente nos quedamos unas horas más, dudando y fascinándonos, mirándonos, empezando a querernos.
La cosa siguió así durante varias semanas. Luego, sin que nadie la llamara, vino la mala suerte. Perdió su eficacia aquella operación que consistía en completarla y empezó a ser una chica incierta, llena de aspiraciones aburridas y de deseos extraños. Pronto me sentí ajeno a sus frases, a las palabras utilizadas, tan sin mis matices. Y empecé a pensar que sus sueños no tenían nada que ver conmigo.
Entonces escribí el libro, para no tener que asistir de nuevo al odioso matrimonio entre soledad e incertidumbre que siempre se celebra en estos casos de desilusión. Recuerdo que una vez toqué uno de sus dedos tímidamente con uno de los míos. Juraría que ella respondió con cierto movimiento, como queriendo hacer del pequeño y frívolo roce de dedos una seria cuestión de las dos manos. Pero no le di tiempo: me separé de ella y la dejé con la ingenua sonrisa de quien se sabe adorada. Para entonces ya la quería, pero no me detuve. Su nombre no aparecía en mi libro.

Vicente Abril