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viernes, 1 de julio de 2011

¿En tu mundo o en el mío?



Un corto sobre el Mito de la Caverna de Platón, con final nietzscheano. Realizado por los alumnos de segundo de Bachillerato del IES Ribalta.

martes, 10 de mayo de 2011

Índigos (o esa pequeña proporción de alumnos extraordinarios)

Los jóvenes índigos (ellos y ellas) tienen la suerte, y lo saben, de ser esa clase de personas a las que todo el mundo quiere parecerse. Para empezar ven más colores que los demás, saben que el frío y el calor dependen de uno, saltan de un tema a otro y se orientan con facilidad en la oscuridad de las cosas complicadas. Se mueven como pez en el agua en el difícil terreno de lo abstracto, donde los límites no están claros y donde el lenguaje no basta para decir lo que se piensa, habiendo de recurrir al cine, a la música, a la metáfora, para acertar.
Los índigos tienen esa sonrisilla ligeramente torcida por la lucidez que les da saber que saben lo que a los demás se les escapa. Saben de memoria cómo soñar, confunden lo que quieren confundir y sacan las cosas de contexto para dejarlas respirar.
Cuando un índigo se pone a pensar y a hacer preguntas, cuando un índigo detecta la contradicción de la condición humana, cuando un índigo te recibe y te mira con complicidad, porque sabe que tú sabes que es un índigo, entonces no hay nada en el mundo mejor que ser su profesor de filosofía. Tengo esa suerte. Y ellos lo saben.

Vicente Abril

miércoles, 27 de abril de 2011

Matemáticas aplicadas

La vida no es lo que es, sino una ecuación por resolver. Vivir es acumular incógnitas, aumentar diariamente la dificultad de hallar la fórmula, la dificultad de trazar, con el ajetreo de lo cotidiano, ese círculo perfecto, esas líneas paralelas que tanto pensamos y queremos.
Al principio uno recurre a la búsqueda, a los algoritmos, a las operaciones complejas. Pero nada da resultado. De nada sirven tanto cálculo, tanto decimal, tanta cábala numérica. Porque cierto día comprendes que las cuentas que valen se hacen con cinco dedos, y se escriben directamente en la piel de cierta persona que eliges, esa persona que cuando consigues abrazar te hace sentir que la ecuación está resuelta, que no puede haber un sitio mejor donde estar, que te hace tener la certeza de que alejarse es errar y que quedarse es encontrar el equilibrio perfecto, tu lugar en tu mapa imaginario, el centro de un universo de círculos que toda la vida hemos ido dibujando en el aire hasta que damos con ella y con su piel.
La clave está en saber elegir, en dejarse arrastrar por esa gran fuerza que es la intuición, que te dice un nombre al oído y te empuja hacia ella sin saber muy bien por qué, que te fuerza a detenerte para mirarla una vez más, para aprenderte de memoria su manera de sonreír, que te hace querer verla aparecer, querer rozar sus dedos, empezar a quererla sin ninguna razón.
La vida, entonces, deja de ser lo que es y se multiplica por mil. Y vives con esa sensación de que el infinito no estaba tan lejos, que era más que fácil llegar y que no has llegado solo. Porque ella está allí, a una perfecta distancia cero. Tan cerca como dentro, sabiendo perfectamente de qué hablo cuando digo que la ecuación está resuelta. Y porque su nombre es A, el atrevido inicio de un abecedario compartido, el resultado deseado, una deliciosa manera de anunciar que la vida no es lo que es, sino lo que está empezando.

sábado, 16 de abril de 2011

Apenas me levanto

Apenas me levanto ya me apetece dividir 107 entre 2. Serán cosas mías pero me hace sentir bien, feliz, diferente a los demás. Se trata, si se piensa bien, de la mejor operación posible contra la rutina y los miedos infundados.
Dividir 107 entre 2 es una de esas raras ocupaciones que nos aleja de toda impotencia, de toda incertidumbre, de todo no saber qué hacer. Porque aquí, al contrario que en la vida, se sabe exactamente cuáles son los pasos y cuál es el resultado. Es incomparable el placer de hallarse envuelto en decimales, divisores, fórmulas y demás ficciones matemáticas. Piénsese además, en el pequeño plus de placer que nos ofrece ese resto de 1, que sólo en un principio parece que se nos escapa, quedando finalmente atrapado por nuestra razón en esa humana manera de hacer las cosas que llamamos exactitud.
Al principio, con los ojos llenos de enfado matutino, la operación se muestra complicada, críptica, a medio camino entre lo par y lo impar y sin un lenguaje de traducción a la mano. Pero la primera coma entre el 0 y el 7 ya facilita las cosas, disipando la niebla de las tres cifras y presentándose el 5 como la primera respuesta. Caen entonces las primeras legañas y con ellas el 7, lo cual es el auténtico punto de inflexión en el que la batalla empieza a ser ganada. El 3 es nuestra penúltima jugada, dejando a la realidad totalmente vencida y fragmentada, quedando el innombrable 1 como algo inerme y enteramente predicho dentro de su celdita matemática.
Afrontar el resto del día con la seguridad de lo sabido es juego de niños, quienes, por cierto, nunca se dejaron engañar por las matemáticas, en las cuales supieron detectar desde el principio una estrategia de los adultos para justificar las normas.

lunes, 25 de octubre de 2010

Autumn's Clementines

Nothing better than clementines. Y eso vale para cualquier situación, para cualquier persona, claro, pero especialmente para ti, para mí. Y para ahora, para octubre y noviembre, para estos meses que traen la rutina, lo aburrido de siempre, las primeras lluvias, las primeras repeticiones. Porque el otoño queda bien en los cuadros y en las novelas, en ese paréntesis de la vida que es el arte. Pero en verdad el otoño está lleno de mañanas reiteradas, de molestos despertadores, de fríos asientos de tren, de armarios vacíos, de no saber qué ponerse, de lunes, de martes, de domingos a la espera.
La única solución para el otoño consiste en rodearte de clementinas, esas olorosas disuasoras de la tristeza, esas redonditas y juguetonas dadoras de felicidad. Porque nada mejor que ocuparse de ellas, que ordenarlas por colores y tamaños, quitarles la piel y notar su justa madurez, recuperar la niñez y dejarse asombrar ante su perfecta división en gajos iguales. No hay mejor manera de empezar el otoño que aprender a tratar a las clementinas, esas niñas alegres y un poco loquitas que sobresalen en nuestros fruteros. Y que tanto saben gustarte.
Y cuando digo clementinas digo cualquier cosa buena inesperada, cualquier sorpresa vestida de chica o de canción que se cruza en tu camino. Porque al decir clementinas digo también días contra la rutina, digo un solo de piano, una mañana gris con quien tú quieras, un par de páginas por escribir, una peli en blanco y negro por la noche, un sábado perfecto, una noche de esas que no te caben en las manos.
Pero, oye, no te enfades, si aún no tienes tus clementinas. Porque cada uno las encuentra donde menos se lo espera. Y cuando menos se lo espera. Si sabes de sobra que no hay que tener miedo de seguir buscando. Sabes de sobra que buscar vale la pena. Porque, al final, hay clementinas para todos. Para ti y para mí. Easy man, easy.









(Canción: Clementime, de Pink Martini)

domingo, 4 de julio de 2010

Saliendo del Paso



Cortometraje del curso 2009-2010 realizado por los alumnos de 2º de Bachillerato del IES Ribalta.

domingo, 31 de agosto de 2008

Volver

Nadie quisiera nunca volver del todo. O tal vez sí, no estoy seguro. Es preciso volver mucho y fijarse bien cada vez que se vuelve para estar seguro. Tan enigmático y difícil es esto de volver. Porque volver es, al mismo tiempo, motivo de alegría y de pena. Volver es triste porque uno tiene la sensación de ciclo, de no avanzar, de andar pisando un suelo cenagoso en el que para nada valen los pasos dados. Uno piensa entonces que la vida es corta, que esto son cuatro días y que para qué, que no se avanza, que siempre igual. Decía Lacan que uno de los mecanismos básicos del inconsciente era la repetición, de los mismos síntomas, de los mismos sueños, de los mismos lapsus, de las mismas ilusiones perdidas. Y llevaba razón. Ya lo creo que llevaba razón.

Por otro lado, volver es una oportunidad para el reencuentro, para mezclarte de nuevo, para dejarte llevar por nuevas ideas, por nuevas personas. Entonces creemos que siempre hay cosas nuevas que contar, que volver es un modo de acumular logros y experiencias, de notar el avance, y recobramos nuestra fe en el movimiento rectilíneo, y pensamos que el lugar al que se vuelve es el horizonte estático respecto al cual nos movemos, como tan claramente comprendemos en cuanto subimos al tren. Vemos como la ciudad se queda y, en cambio tú, te mueves. Lo mismo creemos que ocurre cada vez que vuelves; que te sientes libre respecto a aquello a lo que vuelves, pues notas que eres tú quien va y viene, siendo la ciudad la que se queda.

Pero quien vuelve a menudo sabe de sobra que todo esto no es del todo verdad porque, en realidad, como ya nos dijo Ortega, las circunstancias forman arraigadamente parte de nosotros, así que la ciudad está tan dentro de ti, tan sujeta a tu manera de mirar, que el movimiento, esa sensación de ir y volver es tan sólo aparente. Porque en realidad no vuelves a ningún sitio, ya que nunca terminas de irte.

Volver no es más que un modo distraído de seguir. Y sin embargo, año tras año, insistimos en volver, en creer en esa maldita espiral que nos sube a alguna parte a costa de repetir lo mismo.

domingo, 27 de julio de 2008

París

París es una ciudad con visión de futuro. Hecha a lo grande cuando todo aún era pequeño. Una de las cunas de la cultura universal, tratando de arrojar luz a lo largo de una historia demasiadas veces oscura, con su Sorbone, sus lumières, sus artistas de principios de siglo. París es una ciudad pensada para impresionar, para gustar, para que el turista se canse de ver cosas enormes. Sus calles están llenas de pastelerías, restaurantes, cafeterías con su terracitas, palacios, iglesias por todas partes.
A París hay que ir con ideas ya en la cabeza, con citas aprendidas de filósofos, sobre el amor, sobre la libertad. Al estar en París, conviene ir recordando escenas de películas, intentar vivir con la intensidad de los grandes personajes, tratar de soñar sin limitaciones.
Y también, a ser posible, compartir todo eso con tu Amelie particular, que estará, además de haciendo fotos, pensando a tu lado en las cosas buenas del mundo y tan contenta como tú de estar unos días en París.

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martes, 3 de junio de 2008

Viaje a la Luna


ÉL: ¿Nos vamos a la Luna?

ELLA: Claro.

ÉL:
¿Claro porque es el viaje que siempre has querido hacer?

ELLA: Sí, por eso también.

ÉL: ¿Claro porque te gusta la aventura y no tienes miedo a lo desconocido?

ELLA: Sí, en parte.

ÉL: ¿Claro porque quieres vivir varias vidas en una y no te gusta conformarte?

ELLA: Sí, por todo eso. Pero sobre todo porque al viaje vienes tú.

ÉL: Es que para mí viajar a la Luna es ir a cualquier sitio al que vengas tú.

ELLA: Pues por eso. Nos vamos a la Luna cuando quieras. ¿Serás tú mi astronauta?

ÉL: Claro.

ELLA: ¿Claro porque me quieres y el viaje durará mucho?

ÉL: Sí, en parte porque te quiero.

ELLA: ¿Claro porque te gusta la aventura y quieres que vivamos varias vidas en una?

ÉL: Sí, también por eso.

ELLA: ¿Claro porque el viaje es lo que siempre has soñado?

ÉL: Sí, pero sobre todo porque en mis sueños la astronauta eras tú.
.
ELLA: Jo.

domingo, 30 de marzo de 2008

Autorretrato

Abres los ojos y compruebas la existencia de ese gran mal que es la distancia. Porque la distancia está ahí, inevitable, acechando en cada uno de tus días, separándote de las personas que tienes, que te gustaría tener, separándote de las cosas que ya apenas recuerdas y que forman parte de ti. La distancia hace de la comunicación un espejismo, porque ya no hay palabras que te acerquen a nadie. La distancia es ese gran mal que cada noche soñamos que desaparece.
Nada mejor, entonces, que cerrar los ojos. Porque no hay mejor espejo que cerrar los ojos. Y empezar así un autorretrato, que no es más que un último intento de frustrar el plan de la mentira cotidiana de ser uno mismo.
Y entonces resulta que no eras como te creías, una persona de carne y hueso, dolorosamente sujeta a la gravedad y a tantas otras leyes limitadoras. Eres más bien una especie de duendecillo verde, una gran bola de luz con ideas propias, que vives flotando en las fantasías de los demás, andando de sueño en sueño, poniendo música donde sólo hay silencio y llenando de risas los momentos más tristes. Porque cierras lo ojos y, entonces sí, te ves como el cronopio que siempre has sido, inventando canciones y relatos de aventuras, electrizando las camas más difíciles, calentando las manos más frías.
Porque cuando miras hacia dentro, cuando miras de verdad, siempre te acabas viendo como un pequeño superhéroe de color azul y pelo revuelto, como un perfecto dibujo animado que corretea por las casas y que siempre llega a tiempo a los demás, una especie de simpático animal mágico con orejas puntiagudas que se mete en la vida de los otros y les salva de todo lo malo, de verse a sí mismos como son y, ante todo, de esa distancia terrible que cuando soñamos desaparece.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Liberty

However much you try, you can never talk enough about liberty. For liberty is, after all, the word to deal with, the real end for those who understand life. When Nietzsche said that by wanting you will be free, he was, once again, hiting the mark. Because you have to want, you need to have your own aims for your future. Being free is daring to create your own values. Don’t allow other people to decide for you. If you do so, if you avoid the responsibility of liberty, there will be no real hapiness for you, only a comfortable but poor sensation of lack of problems.
But that is not what life is made for. If you disdain liberty, you will always have the feeling that there is something amiss in your life. And that can’t be but a lack of liberty. Yes, because, although you don’t realise, in some moment in you past, when you were in a very delicate crossroad, maybe you avoided making your own decisions, choose the easy option, and went on walking along other’s roads. You thought that liberty was a heavy burden. And you were right, because liberty is not something easy to live with. That is what makes liberty so amazing. It is the best present you can have, something absolutely necessary to live and, at the same time, something very hard, a great responsibility, a permanent open question over you. It is like an abyss, attractive and dangerous at once.
But future can’t be a closed window. You have only one life. Try to invent some other possibilities. Try to play different games every day. Try to meet new people, reading new books. You can start by writing what you really would like to live into the next weeks. Don’t stop. Live. Imagine. Be free.
Follow the example of Julio Cortázar, playing with the words…

domingo, 20 de enero de 2008

Frikilokokos Malignus

frikilokokos

Entonces se detuvo ante mí. Me eligió y me miró directamente a los ojos. Era un magnífico ejemplar de Frikilokokos Malignus, una de las peores especies de virus de las dos últimas décadas. Tenía unos enormes ojos verdes, unos ojos brillantes, llenos de agua cristalina y perfectamente cargados por el diablo, como la peor de las armas. Eran unos ojos diseñados tanto para matar como para cautivar.

Me miró como señalándome y supe que estaba perdido. Cuando te cruzas con un virus no puedes hacer nada. Él te elije a ti. Da igual, entonces, tu sistema inmunológico. Da igual tu edad, si duermes bien o si tomas suficiente vitamina C. El virus funciona por puro capricho. Te elige sin razón, con arrogancia, sin explicaciones.

A las pocas horas empezó el incendio de la fiebre. Me acosté rendido, dispuesto a lo peor. El Frikilokokos te hace soñar, quieras o no, con lo ya olvidado, con lo que hemos tratado siempre de esconder, de superar. El virus es efectivo en la fase REM de los sueños, haciéndote volver a la infancia para traerte de ella las ilusiones perdidas, esa cajita del tesoro enterrada a los siete años y que sólo esconde obsesiones. En lo que tardé en dormirme empecé a recordar y comprendí que mi vida iba a cambiar para siempre.

Después de una noche que duró varios días me levanté sin fiebre pero distinto. Comencé a leer cómics de superhéroes, me compré una katana por Internet, conseguí donde pude una de las primeras Playstation y me encerré en casa para ver Kill Bill 22 veces en los siguientes ocho días. En poco tiempo, y casi sin darme cuenta, cambié a mis aburridos amigos por apasionantes hobbies y al imperfecto y borroso mundo real por una adecuada resolución de 1.024 x 768 píxeles.

Pero no puedo decir que la vida de un friki esté mal, siempre soñando y con esa sensación permanente de parque temático. Sabes que te arriesgas a la incomprensión, a que los otros no sigan tu juego, a que los demás señalen tu forma heroica de vestir. Lo único que puedes hacer, entonces, es esperar a que las vacunas para la normalidad no funcionen y que cada vez sea más la gente contagiada.

Porque un friki nunca estará sólo. Sólo hace falta una nueva moda y que el virus adecuado se cruce en tu camino. Y te puede pasar a ti, cualquier día puedes empezar a cambiar. A poco que te despistes, tu vida dejará de ser normal, porque, a la vuelta de la primera esquina, habrá un Frikilokokos Malignus esperándote, odiando tu vulgaridad y encantado de inyectarte el veneno de la autenticidad, un veneno que te convertirá en un friki y hará que empieces a saborear de verdad la vida.

jueves, 3 de enero de 2008

Sobre Lucías y Alicia

Aunque parecidas, nunca iguales. Las diferencias entre las Lucías y Alicia (se habrá entendido ya, son nombres propios para dos tipos de mujeres) son sutiles pero fundamentales. Quizá la diferencia sólo la vea yo, quizá por eso estoy solo y quizá por eso no sé qué más decirle a nadie. Pero no puedo evitar contarlo, describir una Alicia, por si alguna me estuviera leyendo.
Las Lucías están siempre ahí. Aunque escasas, siempre se terminan por encontrar. De vez en cuando aparece una, para que no pierdas la esperanza en el amor, en las personas. Son como pequeños súcubus, guapas, morenas, tentadoras, con todas las razones necesarias para que las quieras. Están siempre listas para ser besadas, manoseadas, escritas. Lo tienen todo, salvo que no son Alicias. Por eso duran una noche, o dos, o un año. Por eso siempre se terminan algún día. Demasiado síntoma en una Lucía, demasiado miedo, demasiada rutina, demasiada realidad para seguir soñando, para quedarte sin palabras.
Alicia, en cambio, con su propia luz. Tan abstracta, tan imposible, tan necesaria. Círculos perfectos en su mirada, piel inexplicable, movimientos exactos y atrevidos, electricidad gratuita de lunes a domingo. Alicia vive fuera de todos nosotros, para seguir siendo intangible, inimitable, para buscar precisión en sus formas únicas.
A medio camino entre mi mente y el mundo, Alicia es tan real como inventada. Porque la intuyo en algunas películas, casi la oigo en ciertas canciones. Pero luego nunca está. Por eso sé que existe y también sé que no. Por eso estoy tan alegre como triste, tan bien como mal, tan lleno y tan sin ella. Porque la tengo, de algún modo, y no la tengo, en muchos otros.
Seguiré esperándola, mientras me decido. De momento, muchas Lucías. Pero ni rastro de Alicia.









(Canción: Songbird, de Eva Cassidy)

martes, 25 de diciembre de 2007

Apuntes de Física


Estaba yo en casa haciendo tranquilamente la fotosíntesis y otros procesos vegetativos necesarios para mantener los pies calientes, cuando de repente me asaltó la duda de si de verdad alguien como yo estaba tan sujeto a la gravedad como se aseguraba tan arrogantemente en los libros de Física.
Dispuesto a demostrar las limitaciones de dicha ciencia, al menos en mi caso, me levanté de mi sillón y decidí prepararme concienzudamente para el gran salto. Enseguida comprendí que dos cosas eran fundamentales, si quería lograr mi objetivo: mantener calor en los pies –clave de la salud en invierno, por cierto- y una voluntad de hierro para permanecer cómodamente en el aire. Había que tener en cuenta que miles de argumentos e imágenes tratarían de seducirme, una vez tomado el impulso necesario, para volver al suelo, para obedecer a las autoridades científicas, para vivir como todos, para atenerme una vez más a la gravedad. Me iba a hacer falta una determinación fuera de lo normal, para vencer las fuerzas magnéticas terrestres y dar un salto que no terminara en el casi instantáneo e involuntario aterrizaje inevitable de los saltos de los demás.
Pero nada era bastante para amilanarme. Conocedor de todas las dificultades, algo dentro de mí sabía que, con la concentración adecuada, volar distancias cortas estaba dentro de mi alcance. Haría falta valor, persistencia, además de una espalda y unos pies de acero. Sin embargo, estaba seguro de poder hacerlo. Porque querer es poder, y porque el futuro no es más que lo que tú quieres que sea. Cerraba los ojos y me veía en el aire, exento de gravedad, flotando a mi antojo. Miles de años, de siglos, de humanos pegados al suelo e incapaces de despegar no iban a dar al traste con mi nuevo desafío aéreo. La gravedad había tenido su momento. Ahora era el mío.
Y entonces salté. Las condiciones eran óptimas y salté. Indescriptible. Desafiando todas las leyes de Newton y de la Termodinámica, abriendo nuevas puertas a la humanidad y forzando la escritura de un capítulo más en los libros de Física, permanecí ingrávido, me deslicé entre las moléculas de hidrógeno durante un tiempo impredecible. Sin embargo, problemas inesperados se interpusieron en mi aventura, pues el frío allí arriba era insoportable. Se me quedaron los pies fríos y tuve que descender apenas unas décimas de segundo después, pues, como todo el mundo sabe, los pies fríos son incompatibles con la ingravidez.
Ya de vuelta a la normalidad, y de nuevo en mi sillón de filósofo, volví a mis tareas biológicas y esperé tranquilamente la llegada del verano. Sin embargo, pronto mi mente volvía a estar inquieta ante otra presunta mentira de los científicos, esos malvados amantes del orden establecido: ¿Existen de verdad los glóbulos rojos? ¿Es un mito la respiración celular? La ciencia podía empezar a tambalearse.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Instrucciones para desquererse

Antes de empezar, conviene hacer la advertencia de que no todo el mundo está preparado en todo momento para comenzar la costosa labor de desquererse. Es más que posible que se encuentre usted en uno de esos estados en los que querer a alguien le resulta fácil y cómodo. Quizás es usted de los que piensa que el amor recíproco siempre trae más ventajas que inconvenientes. Bien, si ese es el caso, no se preocupe, siempre puede usted seguir leyendo, consumiendo cultura o preguntando a los amigos por sus experiencias. En cualquier caso, la verdad del desamor le espera a usted a la vuelta de la esquina, en la próxima canción que escuche, en la habitación de los vecinos de enfrente o incluso escondida en la farsa de cada luna de miel.
No se deje engañar y no se desanime: tarde o temprano perderá la fe en el amor, podrá ser tachado de la lista de los mediocres y empezará a ser tenido en cuenta entre los lúcidos.
Si, en cambio, ya es usted de los que disfrutan de ese sano escepticismo y cree, con toda razón, que los pequeños detalles sí que importan y que el amor y la libertad se excluyen mutuamente, está preparado para entender y llevar a la práctica estas sencillas instrucciones que le librarán, en no más de tres semanas, de la persona querida. Empecemos.
En realidad, cuando pierde eficacia ese pequeño resorte amoroso que consiste en besarse, ya se está mucho más cerca del fin de lo que normalmente se supone. Porque no lo dude: llegará un momento en que el cuerpo del otro perderá sus propiedades eléctricas. Es el momento para acabar con la relación. Seguramente, si tiene usted la mala suerte de tener una pareja con fe en el amor, tendrá que oír todo tipo de argumentaciones extrañas, tales como que el sexo no es lo más importante (¡!), o que lo que cuenta es la comunicación y la confianza. Pero no ser deje seducir por los supuestos atractivos del amor a largo plazo.
Para comenzar con el desamor primero hay que estar pendiente de uno mismo más que de la persona a desquerer. Siempre es sano y productivo una buena dosis de egoísmo y amor propio. A tal efecto servirán actitudes groseras e infantiles como mirarse en el espejo con fruición en lugar de mirar al otro y meterse los propios dedos en la boca en el momento del coito, dejando los dedos de la persona no amada en la soledad de sus propias manos.
De lo que se trata es de ir mermando la fantasía del que tenemos al lado. Hay que bajar de las nubes de la monogamia a cualquiera que piense que nuestro deseo sabe renunciar o concentrarse en una persona. Detalles como no decir nunca su nombre o llegar sistemáticamente tarde a las citas son parte de la buena rutina.
En un par de meses tendremos a la persona abatida, por debajo de un nivel aceptable de dignidad. Es posible que comience a llorar por teléfono, a querer abrazarnos por cualquier motivo y a escribir compulsivamente cientos de páginas sobre lo mucho que nos quiere. Es más que fácil que retome el diario de adolescente para contarse a sí misma lo dura que es la vida. En este momento hay que seguir adelante y no humillarnos a nosotros mismos con ninguna clase de arrepentimiento. El sufrimiento es la señal de que hacemos las cosas bien.
Para la ruptura y abandono finales se procederá de la siguiente manera. Se escogerá un día especialmente caluroso. El momento adecuado del día es a las seis de la tarde, hora particularmente sin salida. La cosa ha de ser rápida pero intensa. Conviene no acercarse mucho para no llevarse a casa olores que no queremos. En el recuerdo ha de quedar sólo lo malo de la persona: intereses monogámicos, ataques de celos, errores de pronunciación, etc. La despedida estará llena de ironía y juegos de palabras, pues la entrada en el mundo de la lucidez del soltero siempre ha de ser un tanto humillante para quien se queda fuera.
Finalmente se deja de ver a la persona para siempre, sin concesiones. Los regalos mutuos se mandan por correo y las cartas se queman de un modo definitivo, viendo en el humo de los papeles el conjunto de nuestras debilidades que van quedando atrás de un modo rotundo. A continuación nos sentamos en nuestro sillón de lectura ­–imprescindible uno– y esperamos al día siguiente con el orgullo del daño hecho y la confianza en lo por venir. Esto último es impredecible y cada cual tiene que afrontarlo a su manera, solo, como estará.

lunes, 10 de diciembre de 2007

domingo, 2 de diciembre de 2007

Cuentos para el deshielo

Por lo que nos contaban, el futuro no era más que un desastre ecológico, un deshielo inminente. El cambio parecía ser ya y afectarnos a todos y de la peor manera: miles de especies desaparecidas, subidas en el nivel del mar, aumento de temperaturas, terremotos diarios, colisiones de planetas, playas de lava, ríos vacíos, nubes de fuego, otra vez el fin del mundo. Fue entonces, bajo este clima sin salida, cuando ya nada parecía tener sentido, y cuando todas las cigarras del mundo empezábamos a tener razón, cuando la conocí.
Cuando conocí a Lucinda, ella era lo que sigue siendo ahora: una hormiguita sencilla, afanosa y responsable, dulce y seria, preocupada, como todas, con esto del deshielo. Ella sólo pensaba en colaborar, en cambiar el curso de las cosas, en prever, en predecir y en entender el porqué.
Mi primer intento de cigarra fue la seducción. Quise hacerle olvidar y dejar atrás su hormiguero, para que viera las cosas buenas de la vida, para que aprendiera a sonreír, a cantar y a poner cara de niña mala y despreocupada durante sus primeros besos.
Y funcionó, pero sólo un poco y sólo al principio. Ella, como hormiguita que era, siguió con sus convicciones, con su entusiasmo por reciclar con eficacia, por probar con energías renovables. Sin quitarse sus gafitas de hormiga ordenada y limpia, me pidió que cambiara los cuentos por la realidad, las canciones por el diálogo comprometido. Y sin yo pedirle nada, me juró amor eterno para cambiar el mundo, para frenar el deshielo, para mejorar las cosas. Me ofreció invertir en un amor sano y ecológico, una apuesta por el futuro.
Como cigarra, y sin más fuerzas que para vivir el presente, le escribí una canción que empezaba en La menor y que acababa viéndola marchar. Desde entonces ha habido miles de hormiguitas en mi vida. Un sólo deshielo, que no termina de llegar y que es el miedo de la humanidad al futuro. Pero eso sí, miles de Lucindas que nunca aprenderán a vivir y que se dejarán derretir antes de tiempo.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Mis amigos y yo

Mis amigos y yo nos distraemos, entre otras cosas, de la siguiente manera: los domingos por la mañana salimos de nuestras casas en busca de alguna montaña lejana, dejamos atrás unos cuantos pueblos, nos dejamos querer, desviamos el curso de un río y nos volvemos a casa a merendar cuanto antes. Todo esto lo hacemos para evitar la ingrata tarea de calcular lo bien acompañados que estamos en el día-a-día.
Mis amigos y yo somos de los que nos decimos las cosas y tiramos de imaginación para hacernos morder el polvo, cuando alguno, en el mejor de los casos, inventa mentiras sobre el otro para confundir sus recuerdos o le mina la moral haciéndole ver lo mal que conduce, cuestión en que los hombres siempre andamos inseguros. A veces, en los momentos más difíciles de las excursiones, cuando el aire nos falta a alguno, o cuando el tobillo nos traiciona y nos enseña el dolor que hay escondido debajo de cada piedra, hacemos los demás observaciones sobre gorditos y cobardes, sobre la falta de tiempo y sobre lo que nos falta por aprender. En ese momento el amigo caído se queja de falta de ayuda y empatía, siendo estas las palabras más repetidas en la consiguiente discusión que dura hasta la hora de comer. El enfado termina cuando alguien dice eso de qué bueno está todo en el campo, momento celebrado por todos con el ritual de compartir servilletas, frutos secos y mandarinas.
Pero todas estas maldades están más que calculadas y no son más que nuestras pequeñas estrategias para mantener alerta y entrenado al amigo, pues todos sabemos las heridas y rozaduras que causan los otros que no son los amigos.
Porque cuando estoy con mis amigos, se me olvidan las ganas de contar hasta mil y pienso en esas pequeñas cosas que nos afectan a ellos y a mi, en canciones y en juegos, en chistes malos contados en su momento y en esas palmaditas disimuladas que nos damos en la espalda y que en realidad son caricias escondidas que se muerden la lengua y que se quedan pensando "no te alejes".También, cuando estoy con mis amigos, se me ocurren cosas como hablar con ellos y pedirles su opinión, y me sirven de espejo para ver si llevo bien mi vida y para no caerme en las maniobras difíciles del amor y del trabajo. Y es que lo que tienen mis amigos, al menos los míos, no es que estén en los buenos y malos momentos, al modo de los amigos de los demás. Mis amigos son esas personas que crecen en mi memoria, que a veces me llaman, que a veces me dejan solo, que se ríen cuando yo quiero que se rían y que siempre saben por qué y cómo me ilusiono con ellos.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Noches


De pequeño soñaba con perder el equilibrio, con caerme por agujeros, con perder las cosas de los bolsillos, con llegar tarde a casa. La angustia de pequeño no tenía forma concreta, ni nombre, ni razón. De niño, y sin saber que lo sabes, intuyes que en cualquier momento puedes abrir los ojos y estar solo. Porque la noche dispone de cierto mecanismo que te puede dejar sin nada. Un mecanismo que se repite al azar, durante varios años, que te avisa y ante el cual nada se puede hacer. Tan solo despertarse y tratar de comprender.
El amor, más que nada, es un intento complicado de pasar el relevo, de ser pequeño cuando ya eres mayor, de querer que te quieran como nadie puede, que te den lo imposible cuando ya no es el momento. Y lo sé porque me acuerdo bien. Porque para mí la infancia fue ayer, tanto fue lo que soñé.
Y es que en algún momento de nuestra infancia jugamos una determinada partida, no se sabe de qué ni contra quién, pero su resultado es tan decisivo que el resto de la vida va a ser, bien una búsqueda de revancha, bien una celebración. A eso también se le llama personalidad.
Y no se puede olvidar. Podemos contar hasta tres, hasta cien, o hasta mil, pero al abrir los ojos la infancia siempre estará ahí, para bien o para mal. Y habremos ganado o habremos perdido. Pero no podremos olvidar.
Sin embargo, siempre quedará otra opción disponible. Más incómoda, incierta e incompatible con una fácil felicidad. Sólo para inconformistas. Sólo para aquellos que se atrevan a ser lo que pueden ser. Me refiero, claro, a seguir jugando.

domingo, 7 de octubre de 2007

Qué hacer para levantarse después de ciertos sueños

Expongamos los hechos: Hay mañanas imposibles de afrontar. Y no me refiero a los lunes, o a cuando hace frío y llueve, que no son más que la tristeza del cobarde. Quiero decir esas mañanas que, después de soñar, te devuelven a tu vida normal, que te dejan caer bruscamente en tu cama, en una casa y en una ciudad en las que la cosas son lo que son y donde ya nadie sueña. Porque te despiertas de soñar y ya todo es cuesta abajo, una entrada dolorosa en una realidad donde tienes que elegir, donde no se puede tener todo. Levantarte es dejar de imaginar, de inventar, de mezclar, de querer libremente. Porque soñar es eso, es quedarte con lo mejor de lo que has visto durante el día, durante tu vida. Es una manera de recuperar de golpe todo lo perdido, una manera nocturna de vengarte, una forma de llegar y de alcanzar esas metas de otro modo inalcanzables, esos labios inexistentes fuera de ti. Soñar es, digámoslo ya, el mejor momento de tu vida aunque no vayas vestido para la ocasión.

Posibles soluciones: Bien, partiendo del hecho de la pérdida que supone levantarse, sabiendo que lo mejor ha pasado y que lo peor está por venir, hay que afrontarlo de la mejor manera posible. El catálogo de instrucciones a seguir sería el siguiente:

a) En primer lugar conviene no hablar con cualquiera: la realidad está llena de no soñadores que no entenderían nuestro problema. Con esto descartamos al 90% de la población. Mejor.
b) Elijamos una buena música que nos aísle. Fijémonos en las letras. (Necesario un mp3).
c) En reuniones con no soñadores siempre escaparse mirando por la ventana, con la vista perdida en el punto más lejano.
d) En caso de duda, elige a quien más y mejor se ría. A quien más y mejor se acerque a ti. Elige a quien te sepa rozar.
e) Desconfía de los que abusan de la palabra “normal”: no te están dejando ser.
f) Llegado a este punto de evasión, ya sólo nos queda una alternativa: buscar soñadores. Los soñadores son pocos pero siempre están alerta. Sabrás reconocerlos porque son como tú. Te mantienen la mirada y sabes que siempre quieren decir algo más de lo que dicen, que detrás de cada palabra hay una invitación a perderse contigo, que detrás de cada sonrisa se esconde una provocación para quedaros a solas un poco más de lo decente. Se reconoce a un soñador porque son iguales fuera y dentro de tus sueños. Nunca le digas que no a un soñador.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Milton, viajero intratable

Milton sabe que vivir es una búsqueda desesperada, un intento patético y contrareloj de encontrar no se sabe qué. Viajero intratable e incondicional de sí mismo, lúcido lector de otras vidas ejemplares, vive con esta prisa sana del que busca, porque Milton sabe que querer libera, que sólo con metas claras y propias la vida vale la pena.
De la experiencia ha aprendido a renunciar a la comunicación, al trato, al acuerdo, a esa pérdida de tiempo que los otros llaman diálogo. Porque Milton sabe que la única manera de vivir es seguir, que quedarse es empezar a morirse, y que el único ritmo soportable es el de uno mismo. Seguir y seguir solo. Esa es la única manera digna e intensa de estar vivo. Porque detenerse es siempre una espera, una triste ocasión para que la vista se nuble, para que se pierdan los mapas y el sentido de la orientación. Si te quedas quieto, el suelo se curva bajo tus pies y todo se convierte en hielo donde resbalar.
Para todo destino, pese a todo compañero, seguir es la única respuesta a todas las preguntas de Milton. Seguir y no quedarse a esperar. Nunca quedarse a esperar. Porque en cada parada la vida se acorta insoportablemente, con cada convivir, con cada intercambio sin sentido de palabras, con cada vez que se alcanza el maldito término medio. Nada de eso vale para Milton, viajero hiperbóreo y solitario, que cree en sí mismo y cree honestamente que sólo andando, y andando solo, se deja atrás la flaqueza del querer formar parte.
Todo eso cree Milton y cree bien. Y no sabe entonces qué hacer con su gente.









Canción: (Salitre, de Quique González)

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Aforismos filosóficos ilustrados

A ver qué os parece esta colección de aforismos filosóficos para aprender a ver las cosas del otro lado. Ilustrados con imágenes que ayudan a pensar.